Saltar al contenido

La casa voladora de Spike

La casa voladora de Spike

Estamos acostumbrados a que las cosas increíbles les sucedan a algunas personas especiales, pero también les ocurren a los animales, lo que pasa es que ellos no lo pueden contar. En esta ocasión y gracias a la casa voladora de Spike, podrás conocer una historia que te cautivará.

Cuento: La casa voladora de Spike

Esta es la historia de un perrito que vivía en su casita del jardín. Hacía la vida de cualquier perro que no puede estar dentro de la casa. Cuidaba el hogar, vigilaba que no entraran gatos, espiaba a sus amos con la esperanza de que lo dejasen entrar, masticaba sus huesos cuando estaba aburrido, o simplemente molestaba a todos con sus ladridos si estaba desconforme.

Spike era un perro común, de ninguna raza en especial, pero muy cariñoso y guardián. Sabía la importancia de proteger a los suyos y estaba orgulloso de haber ahuyentado a varios ladrones. Pero pasaba muy aburrido.

Es que este perrito tenía sueños. Él deseaba viajar y conocer a otros perros, otros lugares, árboles exóticos para regar, calles diferentes. Pero nada. Siempre la misma rutina. Ver a la mañana a la familia que partía rumbo a sus tareas y por la tarde esperarlos ansioso. Esa no era vida para un perrito tan imaginativo.

Por las noches, Spike se dormía deseando poder realizar un viaje fantástico y cada mañana al despertar se desilusionaba. Pero lo deseaba con tanta fuerza que algo tenía que pasar.

Una noche, mientras dormía, sintió que la casita se le movía para todos lados. Menudo susto se llevó cuando se asomó a la puerta y vio que el piso ya no estaba.

No es que algún perro gigante hubiese excavado el suelo delante de la casita de Spike, ni un terremoto o cosa parecida. Lo que había sucedido fue que la casita conmovida por los deseos de su dueño, se esforzó hasta que logró escaparse de la tierra y comenzó a volar sin rumbo.

Claro, la pobre casita no estaba hecha para viajar sino para quedarse siempre en el mismo lado y no sabía cómo manejarse en los aires. De modo que Spike no era el único asustado aquella noche.

Así, sin saber de qué forma, la casa voladora de Spike lo estaba ayudando a concretar su sueño de un viaje inolvidable. Era una maravilla para disfrutar a pleno y pasados unos minutos, ambos comenzaron a fijarse en las cosas que veían allá abajo.

Al principio trataban de averiguar dónde estaban, pero a medida que observaban cosas nuevas y extraordinarias se iban entusiasmando y agarrando confianza. Tanto, que la casita comenzó a intentar dominar su ruta hasta que lo logró. De este modo, ambos amigos pudieron elegir la dirección que tomaban.

Hacía rato que estaban en el aire cuando vieron un resplandor en el horizonte. Una visión jamás conocida. Era el sol que estaba asomándose, allá muy lejos en el este y que venía a saludarlos. Nunca habían visto algo tan bello los viajeros.

Recorrieron praderas, montañas, ríos y lagos, siempre maravillados ante tanta hermosura. La realidad, como siempre, superaba con creces a la fantasía. Nada de lo que Spike había soñado se parecía a lo que estaban presenciando.

Había pasado largo rato, la casita comenzaba a fatigarse y Spike sentía hambre, era tiempo de bajar. Se posaron con algunos contratiempos en un prado fresco y tupido, con olor a flores y pinos. Un sitio perfecto para comer y descansar. Pero el viaje había sido una sorpresa y el pobre perro no tenía a mano su reserva de huesos. Decidió entonces salir de excursión a ver qué conseguía.

Buscando, olfateando y observando, Spike reconoció el delicioso aroma de la carne asada y se dirigió en su busca. El olor venía de una casita al pie de una sierra, donde vivía un anciano solitario y triste que había perdido a su mujer unos años antes.

El hambre era fuerte, de modo que nuestro can no midió sus modales y fue de lleno a golpear a la puerta del anciano. Con su mejor carita de perro triste se hizo entender de inmediato. El anciano conmovido por la inteligencia de nuestro perro, le sirvió una generosa porción de carne que fue devorada rápidamente.

Con tanta emoción y la panza llena, Spike no tardó en quedarse dormido y para cuando despertó, el anciano lo había cubierto con una pequeña manta y parecía decidido a adoptarlo.

Pero nuestro amigo no olvidaba a su casita que esperaba en el prado. Aguzando su ingenio logró que el buen señor comprendiera su mensaje y lo siguiese hasta el sitio donde la casita aguardaba paciente.

Al llegar, el pequeño perro contó lo ocurrido a la casita y su deseo por quedarse en aquel lugar desconocido. La casita temía que no la quisieran, pero de todos modos aceptó la idea de Spike.

Con saltos, gruñidos, llantos y cabriolas, el perro logró que el anciano comprendiera que debía llevar la casita para su hogar. Vaya a saberse cómo, el hombre comprendió además que la casa debería quedar dentro de su residencia y la ubicó próxima a la chimenea, en el mejor lugar.

Spike estaba eufórico con la nueva situación y se metió ligerito dentro de la casa para que el señor viese que había entendido perfectamente la voluntad del perro.

Al día siguiente, todo seguía como la noche anterior. Esto tranquilizó al can, que temía hubiese sido un sueño. Pero era la realidad. Una hermosa realidad que convenía a los tres. El anciano ya no estaba tan solo. Spike tenía un lugar dentro de la casa. Y la casita ya no tendría que viajar ni soportar las inclemencias del tiempo, pues estaba a resguardo en el comedor.