El Squonk vive en
Norteamérica no se sabe desde
cuando. Es una criatura escurridiza, que pocas veces se deja ver y no está probado que ejerza influencia de ningún tipo en la vida de los seres
humanos.
Lo que si se sabe con certeza, es que tiene un
aspecto bastante repulsivo. Su piel, muy parecida a la del sapo, esta
llena de manchas y verrugas y le cuelga en abundantes pliegues a lo
largo del cuerpo.


El
Squonk es tan consciente de su fealdad que se
siente muy desgraciado y llora por ello de un modo ruidoso e
incesante. Ese es el motivo de que sus ojos se vean siempre hinchados
como globos. Es la pura imagen de la tristeza y el desaliento.
Su vida activa transcurre en la noche. No quiere ser
visto pero se sabe siempre donde está ya que sus hondos sollozos se escuchan
desde lejos. Las lágrimas que vierte dejan un rastro brillante en el
suelo del bosque y son visibles aún en la mas absoluta oscuridad.


A pesar de ello, no es nada fácil capturar a este ser
tan especial. Sólo consta que fuera atrapado una vez por un
astuto cazador que consiguió atraerle a una trampa imitando los sollozos de una
hembra Squonk. Ante la irresistible llamada, un macho salió de su escondite y
cayó en el lazo del trampero.
Muy contento el cazador con su presa, lo metió dentro de un
saco y con él a cuestas llego hasta el pueblo donde presumió un buen rato de
haber conseguido lo que nadie antes. Su sorpresa fue enorme cuando al abrir el
saco para mostrar su trofeo solo encontró un pequeño charco de brillantes
lágrimas.

El Squonk se había disuelto en su propio llanto
dentro de su encierro para volver a tomar su forma original en la
fría noche del espeso bosque.
Nunca más se ha conseguido ver otro ejemplar,
aunque sus lágrimas siguen iluminando, aquí y allá, los intrincados
caminos que recorre.




Diseño,
texto y gráficos de Trenzas
Enero,
2002